Lento viene el futuro
lento
pero viene.

Mario Benedetti

Las diversas crisis económicas internacionales (Tequila, Rusia, Brasil, etc.), a la par de las gestiones gubernamentales guiadas por el paradigma neoliberal, han puesto de relieve la fragilidad de este modelo de Estado vigente en nuestro país, que deja echada a su suerte a grandes porciones de nuestra sociedad, incrementando a límites insospechados la brecha entre ricos y pobres y excluyendo del sistema a millones de argentinos. No se puede aceptar la postura neoliberal que habla de la pobreza como un defecto o un error corregible. La pobreza es un efecto, un resultado de las políticas económicas adoptadas. En consecuencia, se hace imperiosa la construcción de un nuevo modelo de Estado. Un Estado en donde la política vuelva a ser central, y en donde los políticos vuelvan a quienes comanden los procesos políticos, económicos y sociales, puesto que son sus conductores naturales. Es imprescindible recuperar la política por sobre la técnica, que debe acompañar todo proceso político pero no suplantarlo. El Estado como integrador social, y en consecuencia la política, son irreemplazables (1).

Los cambios que afectan hoy en día al escenario internacional incluyen diversas y hasta contradictorias tendencias que tienen un impacto directo a nivel local.

Frente a los cultores del pensamiento único (2), que sostienen que el modelo neoliberal es el único camino posible, es necesario recuperar un Estado que promueva la equidad y la justicia social, la libertad y la igualdad de oportunidades, la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás, pero no a la vieja usanza del Estado de Bienestar, sino en base a un Estado solidario, es decir, un Estado que enfoque su accionar para que el ciudadano se pueda desarrollar como tal. El mundo ha cambiado, y en consecuencia, deben cambiar las formas en que el Estado enfrenta los nuevos avatares que éste le demanda.

A pesar de su creciente descrédito y del virtual desmantelamiento a que lo ha sometido la embestida neo-conservadora, el Estado sigue siendo la máxima instancia de articulación social.

Pero hoy, después de las reformas implementadas, ya no se puede hablar de Estado empresario. Pero es imprescindible hablar de Estado regulador, de un Estado que asegure una economía de mercado, no una sociedad de mercado; es necesario construir un proyecto de Estado social dentro de una economía de mercado que ya nadie cuestiona. No es necesario un Estado empresario ni un Estado administrador, es necesario un Estado que gobierne. No alcanza con limitarse a administrar lo que hay, que por cierto es poco, sino que se debe gobernar y proyectar medidas hacia adelante, debemos trabajar para garantizar salud, trabajo, educación, etc. para las próximas generaciones, ya que de eso el mercado no se ocupa.

Las consecuencias del Estado neoliberal han puesto de manifiesto que el mercado no asegura, por sí solo, los criterios de igualdad, solidaridad y justicia social, sino que por el contrario, eleva los índices de fragmentación social, marginalidad y violencia, por lo que se hace imprescindible que el Estado asuma la responsabilidad del trabajo por el bien común de la sociedad.

El Estado debe volver a ser el canalizador de las demandas sociales, debe reconducir los procesos políticos, sociales y económicos. Porque, como señala Oscar Oszlak (3), la “mano invisible del mercado bien puede ser la mano de un carterista”, y frente a esto el Estado no se puede desentender. Es imprescindible reconstruir un equilibrio social, puesto que, para que un proyecto político tenga éxito tiene que ser para el conjunto de la sociedad y no para unos pocos.

Este equilibrio no significa volver al estatismo ni profundizar el neoliberalismo, sino un justo equilibrio entre el Estado, que requiere un mercado productivo y el mercado, que requiere, más que nunca, un Estado no propietario, sino que gobierne, “y el camino para lograrlo es fortaleciendo y no demoliendo el Estado. Nadie defiende ya la existencia de un sector público sobreexpandido; pero lo contrario de «obeso» o «flácido» no es «raquítico»” (4).

La cuestión del Estado no puede reducirse a una cuestión de tamaño, sino que lo importante es el papel que juega éste frente a los problemas económicos y sociales y a la forma de su interrelación con la sociedad en la búsqueda del bienestar común.

Es necesario un modelo de Estado que ahonde en la democracia y en la solidaridad, que revitalice la concepción de lo colectivo por sobre lo individual. Un Estado con capacidad redistributiva entre las distintas zonas de nuestro país y entre los diferentes sectores sociales; un Estado que, contando con un bloque de competencias propias y con suficiencia financiera, haga efectivos los principios de igualdad, solidaridad y progreso que deben guiar su accionar.

Es necesario volver a dotarlo de su capacidad de regular la vida social mediante instrumentos legales que aseguren la equidad, puesto que una sociedad es socialmente inviable si se construye sobre la base de la inequidad.

En consecuencia, “deviene prioritaria la reconstitución de pautas de integración social que sean no solo compatibles con la eficiencia económica, sino concordantes con criterios de equidad social”, según enuncia Norbert Lechner (5). Esta redotación de funciones estatales debe incluir una reforma educacional que tienda a la formación del individuo sobre la base de la solidaridad y del compromiso social, puesto que la educación es la base en la que se sustenta toda sociedad desarrollada. Esta reforma debe estar acompañada por un proyecto cultural que integre al conjunto de la sociedad respetando cada una de las particularidades de sus comunidades integrantes, y a la vez, de una activa participación del Estado en el control de los flujos de capital que entran y salen del país (puesto que con la actual globalización financiera los Estados son muy vulnerables a desestabilizaciones económicas).

Por ello, cada día que pasa se hace más palpable la necesidad del cambio, y dada la experiencia histórica que tenemos en lo que Eugenio Kvaternik (6) denomina “el péndulo cívico-militar”, la gente asocia las desigualdades sociales, que son producto del modelo neoliberal, con la democracia, y en consecuencia le asigna a esta última la responsabilidad de la situación actual; como bien señala Lechner (7), se produce un “vertiginoso incremento de la incertidumbre”, en el cual “es tentador reducir la complejidad mediante un cierre de las alternativas aceptadas, o sea, renunciar a la conducción política”, tal como lo propone la lógica neoliberal.

Frente a esto, es imprescindible revitalizar la política y el rol de los políticos que, como ya señalé, son imprescindibles conductores de los procesos políticos, económicos y sociales.

Por lo tanto, a la par de una redefinición del rol del Estado, es indispensable redefinir el concepto de democracia, puesto que no queda claro hasta qué punto se puede hablar de democracia si ésta se limita solamente a la participación de actos eleccionarios cada dos años; ni hasta que punto podemos hablar de ciudadanía política si no hay un mínimo de ciudadanía social (8), puesto que la fragmentación y/o ausencia de igualdades sociales afecta a las características mismas de la ciudadanía política, minando sus bases. Sin una importante dosis de igualdad económica la igualdad política es un mito. Se genera entonces lo que Guillermo O´Donnell (9) denomina “democracia de baja intensidad”.

Para revertir esta situación, la democracia como tal debe incorporar una activa participación del Estado en aspectos fundamentales de la vida de los ciudadanos y la participación de los ciudadanos en aspectos fundamentales de la vida del Estado. Podremos hablar entonces de democracia real, y no formal, cuando el Estado asuma activamente su responsabilidad en promover el empleo y la prosperidad general, cuando combata efectivamente la exclusión social y la pobreza, cuando, en definitiva, consiga asociar el crecimiento macroeconómico al crecimiento real de los ciudadanos, tanto económico como político; y a la par de esto, cuando asegure la calidad institucional del país, por ejemplo, a través de una real independencia de los distintos poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial).

La democracia, en el sentido moderno de la palabra, no puede reducirse a la identificación de una forma de gobierno o de un sistema político sino que implica una concepción de vida y de comportamiento, una concepción del hombre y de las relaciones de convivencia en el seno de la sociedad (10).

Este es el gran desafío que nos toca afrontar: recuperar el rol del Estado como cohesionador de la sociedad, basando su accionar en la solidaridad, porque sin solidaridad no se construye ninguna sociedad estable; focalizando -según lo indica Oszlak (11)- en su formulación teórica del “Estado atlético”, en el fortalecimiento de la sociedad civil y no de la sociedad mercantil, como lo proponen las corrientes privatistas.

Es imprescindible entonces recuperar la noción de solidaridad que asegure un piso de ciudadanía social con un estado democrático.

Debemos volver a jerarquizar el carácter ético y trascendente de la política, en un marco de pluralismo y consenso entre las diferentes fuerzas políticas. Porque el cambio que la gente necesita y reclama, deben hacerlo los políticos en conjunto. Es responsabilidad de los partidos políticos y su dirigencia encabezar este cambio, pero no con discursos bonitos sino con hechos concretos.

Las políticas de Estado deben encontrarse por sobre la lógica competencia electoral. Es necesario generar ámbitos de trabajo conjunto entre los diferentes sectores de la sociedad, para, de esta manera, recuperar el rol que el Estado debe   cumplir en nuestra sociedad.

 

1. Oscar OSZLAK tiene una referencia muy significativa al respecto. Él sostiene que el imaginar una sociedad sin Estado es como imaginar una esquina de avenidas sin semáforo, en la que, debido al tiempo que estuvo el semáforo, quienes la transiten respetarán las reglas de tránsito y pasarán primero los peatones y luego los automovilistas. Algo similar ocurriría en la sociedad, según los que sostienen la necesidad de un Estado mínimo, si el Estado desapareciera o se redujera a la mínima expresión, que la sociedad se auto reproduciría de manera normal. Esto, al igual que el cruce correcto de las avenidas sin el semáforo, es imposible.

2 . En realidad no es pensamiento único sino pensamiento nulo, puesto que si no hay alternativa a lo vigente no hay posibilidad de pensar otros escenarios.

3 . OSZLAK, Oscar “Estado y sociedad: las nuevas reglas del juego”, Buenos Aires, Centro de Estudios Avanzados; UBA. Oficina de Publicaciones del CBC, 1997

4 . OSZLAK, Oscar. Ibídem anterior.

5 . LECHNER, Norbert “Los patios interiores de la democracia. Subjetividad y política”, Buenos Aires, 1995 Presentación del coloquio “L´Etat en Amérique latine: privatisation ou redédinition?”

6 . KVATERNIK, Eugenio “Crisis sin salvataje. La crisis político-militar de 1961-1963”, Buenos Aires, Ediciones Universidad del Salvador, 1994.

7 . LECHNER, Norbert. Ibídem anterior.

8 . Esta noción es sostenida reiteradamente por ROUSSEAU, JEFFERSON y TOCQUEVILLE por ejemplo, quienes afirman que la participación política supone una base de independencia económica, y, en consecuencia, la participación sólo es posible cuando nadie depende de otro para vivir.

9 . O´DONNELL, Guillermo. “Contrapuntos: ensayos escogidos sobre autoritarismo y democracia”, Paidos, Buenos Aires, 1997.

10 . Al respecto es clara la aclaración que al respecto formula Raúl ALFONSÍN en su discurso en la Fundación Eugenio Blanco el 12 de diciembre de 1985. Dijo en aquel momento ALFONSÍN “Todos aquellos grandes derechos fundamentales definidos y defendidos por la revolución liberal del siglo pasado -que son también parte de nuestro acervo político cultural- permanecerán condenados a la abstracción si no les asiste un sistema de acciones y garantías que aseguren el ejercicio de otra serie de derechos, de carácter social, que hacen a la preservación y realización de la propia vida: el derecho al trabajo, a la salud, a la educación, a una participación digna en la retribución de la renta. En contraste con aquellos otros derechos fundamentales cuya violación se produce normalmente por vías de la acción, esta segunda serie de derechos -de cuya vigencia depende el ejercicio cabal de la primera- es violada generalmente por omisión; no por cosas que se hacen sino por cosa que se dejan de hacer.”

11 . OSZLAK, Oscar. Ibídem anterior.

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