Salvador Allende es junto con su amigo y compañero Pablo Neruda uno de los chilenos más universales, excepción hecha desde luego de algún otro que es en prácticamente todos los rincones del planeta y en todas las civilizaciones ejemplo de la barbarie y habitante destacado del trágico panteón de los indeseables.
Vale la pena en este contexto preguntarse qué hizo de Allende una personalidad que viniendo de un país pequeño y fuera de todos los mapas del poder internacional un personaje tan potente que convoca admiración, respeto y afecto de sectores y líderes de las cosmovisiones y posiciones políticas más diversas, incluso de quienes no comparten ni las fuentes ni sus proyectos sociales e ideológicos.
Salvador Allende fue por sobre todo y ante cualquier circunstancia un demócrata, él comprendía consistente y cabalmente la política como una acción colectiva con marcos y reglas muy amplias de participación ciudadana, en su gobierno se legisló un definitivo avance en la ampliación del cuerpo electoral y él concurrió con su apoyo desde el Parlamento a todas las anteriores, era un convencido y consecuente defensor de la institucionalidad y un consecuente promotor de las reformas necesarias para hacerla más amplia, más cercana a las mayorías y más receptiva a las necesidades y aspiraciones de éstas dentro de las Instituciones.
Allende sabía que la democracia no eran sólo sus formas -por relevante que éstas sean y las que nunca dejó de respetar con singular cuidado- sino y por sobre todo el imperativo de darle a ésta contenido con un profundo y radical compromiso social con el cambio y con la satisfacción de las necesidades y los sueños de los más desposeídos e injustamente tratados en un Chile en que campeaba la pobreza, la discriminación, la desigualdad y la injusticia.
Allende el político universal lo era porque como pocos entendía y era parte de su país y de su historia. Él se nutrió, aprendió y procuró ser continuidad y cambio de la historia, la tradición y los ritmos históricos de Chile.
El pueblo chileno comprendió y aprendió de Allende durante las muchas décadas de su intensa vida política en muchos espacios de la vida pública y él nunca se desvinculó de ese pueblo.
En su gobierno se vieron los frutos de una larga siembra de ideas, diálogos y sueños. Ese gobierno que nació con el signo trágico de la conspiración y el asesinato para impedir la expresión soberana de la mayoría pudo mostrar con orgullo que el apoyo ciudadano en las diferentes elecciones del período fue creciendo constantemente y ello en un clima que hoy es casi imposible de explicar a las generaciones que no vivieron ese tiempo. Ello fue la respuesta a un Gobierno que no obstante las dificultades internas y externas, los errores propios e inevitables y la artera conspiración en su contra pudo mostrar admirables avances, mejoras y transformaciones.
El Chile de hoy, su modernización y desarrollo sería impensable sin los cambios en la injusta posesión de la tierra iniciada ya en el Gobierno de Frei Montalva y la nacionalización del cobre.
El creciente apoyo electoral a su gobierno sólo se puede explicar por la potente política de beneficios de toda naturaleza a las grandes mayorías que nunca habían accedido a ellos y la participación activa de éstas en esos cambios.
Hoy vivimos un tiempo singular, probablemente más que, como se suele decir, un tiempo de cambio, algo mucho más profundo… un cambio de tiempo. En ello y en los desafíos que esto implica la figura de Salvador Allende, sus propuestas, sus ideas y su conducta política aparecen como un ejemplo señero y aleccionador. Allende siempre entendió la política como la tarea de construir unidad, pero al mismo tiempo dotar a esa unidad y nutrirse de ella con contenidos, visiones y proyectos que llamaran y convocaran a las mayorías a ser sujetos de la transformación. Sin debate, sin ideas, sin propuestas sustantivas la política deviene en banalidad y la banalidad en la dominación de los que ya poseen los resortes del poder y eso es la antítesis de la acción política allendista, pero no sólo la unidad y las propuestas son tarea urgente, sino el construir y reconstruir acción y organización social y política que responda a los desafíos del tiempo, fortalezca la democracia y de cauce a las diversas y plurales aspiraciones de la ciudadanía.
Este año se cumplen cuarenta y cinco desde el momento en que Allende llegó a la presidencia de Chile y abrió una ventana de esperanza no solo en un continente donde campeaba la estulticia de las dictaduras y sus crímenes, sino en todas las fuerzas que en ese tiempo luchaban en medio de la guerra fría en diversas latitudes por conquistar espacios y sistemas democráticos. Tres años más tarde habría de entregar su vida por la dignidad de la democracia y el orden republicano.
El trabajo extraordinario de nuestro amigo Eduardo Rivas que reúne más de doscientos documentos con la palabra, las ideas, las ilusiones y las convicciones del Presidente Allende son una fuente indispensable para acercarse al tiempo, comprenderlo y también comprender los que actualmente, nueve lustros después, corren y nos desafían.
Es un esfuerzo que denota seriedad, aplicación, inteligencia y sobre todo cariño y compromiso del autor con esta figura indispensable de Chile y América latina, una tarea que se agrega como un aporte principal no solo al conocimiento de Allende, sino y por sobre todo a la inteligencia de un proceso y un periodo que marcó a Chile y al debate internacional como pocos otros.
Al leer los documentos destaca con fuerza la intuición genial y la convicción profunda de
Salvador Allende en el sentido que los medios del cambio social no son irrelevantes en relación a los resultados y que la democracia, con prensa absolutamente libre -como fue en su gobierno- con un parlamento que actúa plenamente y con el funcionamiento de los partidos políticos, las organizaciones sociales y las opiniones individuales son un valor intransable para el cambio social. Allende, qué duda cabe, en sus discursos y en su conducta está la prueba palmaria de esa certeza, entendía la democracia y los valores republicanos como un avance sustantivo de la humanidad y contenido esencial del socialismo, sin vacilaciones ni relativizaciones. Los documentos de este excepcional trabajo lo muestran en su expresión cotidiana de su gobierno y en las expresiones más estratégicas y programáticas de él.
Es no sólo un aporte, sino sobre todo un regalo a las viejas y nuevas generaciones que encuentran inspiración y ejemplo en Salvador Allende.

Osvaldo Puccio
Presidente del Directorio de la Fundación Salvador Allende

Material disponible en
https://mega.nz/#!N5NXTDpD!bDoSMzdev7uQwI1I8sEttnRqojUf9r3ws4Foy0NPucU
o
https://drive.google.com/open?id=1W7yxk4TgfcbzRnDF8VQjissUzgwc5a3x

 

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