Aún recuerdo el 1 de enero de 2003 cuando Luíz Inácio ‘Lula’ Da Silva, después de ganar las elecciones presidenciales a las que se había presentado por cuarta vez, asumía como Presidente de la República Federativa del Brasil. No era sólo ‘Lula’ quien ocupaba Planalto, eran los sueños de un montón de gente que, aún sin ser brasileños, veíamos en el ex líder sindical el representante de otra forma de hacer política, de cara a la gente, sin doble discursos y dispuesto a enfrentar a los poderes fácticos para garantizar una mejor vida a un número cada vez mayor de gente.

Su presidencia estuvo marcada por el posicionamiento del país como una potencia mundial, triplicando, tras sus 8 años al frente de la Presidencia, el PIB per cápita del país y logrando sacar de la pobreza a más de 30 millones de brasileños (casi el 15% de la población) con políticas que luego fueron modelo para otros países, tales como Hambre Cero o Bolsa Familia. Estos logros, que muy pocos mandatarios mundiales pueden esgrimir, ponían de manifiesto que las cosas efectivamente podían hacerse de manera diferente, que se podía hacer política de otra manera.

Pero poco a poco, y pese a los contundentes resultados económicos, comenzaron a aparecer denuncias de corrupción que fueron avanzando desde fuera y poco a poco iba cerrando el círculo sobre la figura del ex líder sindical, y con ellas empieza a agrietarse el tan mentado slogan que el Partido de los Trabajadores (PT) tomó del Foro de Porto Alegre, aquel que decía que ‘otro mundo es posible’.

Inicialmente parecía que un grupo de ‘hombres malos’ habían aprovechado la falta de cuadros del PT para ocupar la burocracia estatal y la había cooptado en beneficio propio, pero estas creencias también se desmoronaron, porque entre los acusados había dirigentes de la talla de José Dirceu, quien entre otras cosas había sido Presidente del PT durante los siete años anteriores al acceso al gobierno y durante los dos años y medio iniciales del Gobierno Lula, el Ministro Jefe de la Casa Civil de la Presidencia, una suerte de Jefatura de Gobierno íntimamente ligada a quien conduce Planalto.

Esta realidad comenzó a agrietar el discurso oficial petista, puesto que resultaba bastante inverosímil que alguien tan cercano a Lula pudiera cometer tantos y tan graves delitos a sus espaldas.

Finalmente Dirceu fue enjuiciado y condenado, entre otros delitos, por corrupción activa en el denominado Mensalão, y falsedad ideológica, corrupción pasiva y lavado de dinero en el llamado Lava Jato, por el que recibió 3 condenas, acumulando 31 años de prisión. Cuesta creer que ‘Lula’ no supiera que alguien tan cercano a él era en realidad un delincuente.

Entonces es momento de poder mirar con imparcialidad la situación más allá de la afinidad con las ideas que defienden ‘Lula’ y el PT, porque no podemos aceptar el ‘roban pero hacen’, no puede ser efecto colateral el que las cosas que corresponden hacer se hagan de manera espuria y con corrupción.

El Lava Jato, que en castellano es un chorro de lavado, paradójicamente expone que quienes están involucrados son chorros y lavaron dinero. Y no se trata, como muchos pretenden hacernos ver, de un avance de la derecha que pretende acorralarlos, ya que Dirceu, por ejemplo, fue juzgado y condenado durante el gobierno petista, y además, no es tan complejo demostrar la inocencia cuando uno lo es. No arrecian las acusaciones sin ton ni son contra todos los dirigentes del PT, la Justicia avanzó contra algunos de ellos, y quienes han sido hallados culpables fueron condenados.

Por eso con el pedido de detención de Luíz Inácio ‘Lula’ Da Silva que ayer firmó el Juez Sérgio Moro no sólo cae uno de los mayores íconos de la izquierda democrática moderna, quien proviniendo de este sector del arco político fuera el receptor de la mayor cantidad de votos en elecciones libres, caen también los sueños y las ilusiones de muchos que vimos en él, la posibilidad de hacer bien lo que se debía hacer.

Y por si fuera poco, cuando quedan horas para que se cumpla el plazo que el Juez le dio a ‘Lula’ para que se entregue, éste afirma que no lo hará, declarándose en rebeldía y desconociendo las instituciones democráticas que dice defender.

Decía Tom Jobim que ‘Pra tudo se acabar na quarta-feira, tristeza não tem fim’, no fue en la cuarta, fue dos días después, en la sexta feira, cuando los sueños, las ilusiones, los proyectos, las esperanzas de muchos se terminaron, cuando todo se acabó.

Hoy es un día muy triste para Brasil, para el PT, para la izquierda, y para todos quienes creímos en ‘Lula’, su proyecto y sus formas de hacer las cosas, hoy más que nunca, tristeza não tem fim.

Publicado en Diario 16, Madrid.
http://diario16.com/tristeza-nao-tem-fim/

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