‘La revolución está vencida, pero el gobierno está muerto’, así sintetizó el Senador Nacional por la Provincia de Córdoba Manuel Pizarro las consecuencias de la llamada Revolución del 90, que encabezada por Leandro Alem, buscó imponer por la fuerza nuevas prácticas y nuevos valores en la política argentina. Pero lo que no sabía, o al menos creemos que no sabía Pizarro, era que lo que moría era mucho más que un gobierno, era una forma de hacer las cosas a espaldas del pueblo.

Esta revolución buscó oxigenar el sistema político del país, caracterizado por el fraude al que lo sometía el régimen gobernante, que se caracterizaba por el conservadurismo político y el ultraliberalismo económico,  garantizando el negocio de unos pocos y la pobreza de unos muchos.

Lo que no sabía Pizarro era que lo que estaba muerto no era el gobierno sino el régimen, porque había comenzado a germinar una serie de ideas que terminaron por florecer 22 años más tarde cuando se sancionó la denominada ‘Ley Sáenz Peña’ que llevó al gobierno a la Unión Cívica Radical, que tuvo su origen primigenio en el Frontón de Buenos Aires y los cantones de Plaza Lavalle.

Dijo Leandro Alem durante el mitin que ‘La vida política de un pueblo marca la condición en que se encuentra; marca su nivel moral, marca el temple y la energía de su carácter. El pueblo donde no hay vida política, es un pueblo corrompido y en decadencia, o es víctima de una brutal opresión. La vida política forma esas grandes agrupaciones, que llámeseles como ésta, populares, o llámeseles partidos políticos, son las que desenvuelven la personalidad del ciudadano, le dan conciencia de su derecho y el sentimiento de la solidaridad en los destinos comunes’, 128 años después sus palabras tienen real vigencia.

Si uno observa la arena pública zarateña y el rol que ocupan los partidos políticos en la discusión cotidiana encuentra que no son más que maquinarias electorales para luchar por un cargo temporario y no verdaderas construcciones destinadas para la generación de proyectos colectivos que redunden en beneficios concretos para la ciudadanía.

Se llenan la boca hablando y criticando al oficialismo pero terminan acordando tras bambalinas, sin poder explicar en público lo que negocian en privado. Parafraseando a Buenaventura Durruti, a quienes traicionan al pueblo no se los discute, se los combate. Porque como aquel origen radical, en esta época también hay traidores que solo persiguen su interés personal aunque ello conlleve en ‘olvidar’ una historia de luchas compartidas.

Es necesario recuperar la buena política, y como decía Alem, ‘Buena política quiere decir, respeto a los derechos; buena política quiere decir, aplicación recta y correcta de las rentas públicas; buena política quiere decir, protección a las industrias útiles y no especulación aventurera para que ganen los parásitos del poder; buena política quiere decir, exclusión de favoritos y de emisiones clandestinas!’

Pero para hacer esta buena política se necesita grandes móviles, se necesita fe, honradez, nobles ideales; se necesita, en una palabra, patriotismo…’ y se necesita luchar contra el poder. No sirve el intentar cobijarse a su sombra, hay que combatirlo. Y ello implica, en síntesis, recuperar los valores primigenios.

Contra el poder que siempre miente en nombre de la verdad, contra el poder que nos convierte en extraños.

Publicado en El Debate, Zárate.
http://www.eldebate.com.ar/contra-el-poder/

Anuncios